domingo, 16 de marzo de 2014

Para sonreír.

A mi amiga Ana

Tenemos alrededor de unas dos millones de razones para mandarlo todo a aquel sitio, dejar las cosas a medias, dormir y solo dormir día y noche, llorar y acabar cajas y cajas de pañuelos, alimentarnos a base de helados y chocolate, contemplar cómo caen las gotas por el cristal y un largo etcétera con todas esas cosas que acostumbra a hacer la gente cuando está triste. Y ¡ojo! que dos millones de razones son muchas y por supuesto todas estas alternativas son de lo más viables. Yo soy la primera que elige la canción más triste del reproductor para hundirme un poquito más en la mierda que aunque no lo parezca, siempre es posible.

Una vez me explicaron que la raza humana no está predeterminada genéticamente para ser feliz, y esa es una realidad con la que tendremos que convivir como se convive en este mundo con las ojeras de los lunes o las resacas de fin de exámenes.
Vivimos con zancadillas constantes del destino, y basta que nos acostumbremos a una situación permanente y aparentemente feliz para que se nos presenten en la puerta de casa una larga e interminable fila de imprevistos desagradable con cara de muermos, a los que nos vemos obligados a saludar cordialmente e invitarlos a tomar una incómoda taza de café.

Y esta señores, es la cruda realidad. Seguro que a nadie le suena ajeno todo esto porque se es anfitrión de este tipo de reuniones la mayor parte de los días de un calendario.
Por suerte (y para desgracia de los diabéticos) en los supermercados aún venden azúcar. Y es que no hay mejor manera de solucionar un café amargo que con dos, tres o cuatro cucharadas de azúcar. ¿Qué sería de nosotros sin él? (nótese los altos índices de persona golosa que hay en mí).
Bromas a parte, el azúcar no tiene porque ser blanco ni moreno. De hecho puede ser incoloro. Todo el mundo debería de llevar un sobrecito en el bolsillo, por si acaso.
El azúcar representa a todas esas situaciones, personas, animales e incluso cosas que se ponen delante de nuestras narices para salvarnos por un rato. Y es que una cucharada viene acompañada, unos padres flotador (los que siempre nos sacan a flote sea cual sea el problema), un buen libro que te traslade a otro tiempo por un ratito, dos o tres canciones que te ponen de buen humor, tu perro que viene a hacerte compañía mientras esperas que se haga la hora para quedar, unas cervezas acompañadas de rabas, el sol que ha salido hoy para saludarte solo a ti (bueno, y a otras tantas millones de personas que también tengan un día torcidillo, hay que repartir) y unos amigos que te esperan estés dónde estés para cambiarte la curva de la sonrisa con tonterías de siempre y abrazos como nunca.

Para ti de mi. Te quiero.