lunes, 9 de febrero de 2015

extremadamente emocional

Hoy es domingo. En realidad no, pero yo así lo he decidido. Domingo de caminar por las calles empedradas de esta ciudad. Elijo a mi cantautor  y a su guitarra como acompañantes y al paraguas como pasajero en este viaje. 

Salgo a la calle y en apenas dos segundos siento el frío en mi nariz. Me coloco la bufanda y me inunda un olor a hogar que me hace esbozar una sonrisa. Y camino bajo este cielo gris que parece permanente mientras un cruzo una mirada con un desconocido.
Llego al río y pienso lo distinto que se ve desde el día en qué llegué aquí. Entonces era verano y más de una vez pensé en darme un baño. Ahora, lleno de hojas y ramas de arbustos, dibuja desordenadamente ondas que se asoman y desaparecen.

Suena "320 días" y pienso en todo lo que ha pasado estos últimos meses, y en cómo he cambiado. Más bien en cómo han cambiado cabeza y corazón. Ahora soy más fuerte. La distancia es cómo un ring de boxeo que te obliga a luchar si no quieres perder la batalla. Estar lejos de lo que quieres te enseña a valorarlo mucho más, pero también a aprovechar todas esas oportunidades que se te presentan día a día en este lugar. Pienso en toda la gente nueva que ha entrado en mi vida, e incluso en mi corazón. Todo lo que he aprendido, ahora tengo un poco más claro lo que no quiero en mi vida y lo que acogeré con todo el cariño posible para que se quede conmigo incluso a miles de kilómetros. 
Y tuerzo la esquina, y me acuerdo del día en el que allí mismo reímos hasta quedarnos sin respiración, y un poco más allá el bar de las cervezas infinitas, de las conversaciones sin sentido y de ese baile encima de la mesa como si el resto del mundo se hubiera apagado en lo que tardó en venir el camarero.

Y me muero de ganas por seguir viviendo esta aventura, y por seguir cambiando, por convertirme en el tipo de persona que siempre he querido ser. Y si esto dura lo que un sueño, que la noche se haga eterna.

"Reflexiones en una fría tarde de invierno".