domingo, 4 de diciembre de 2016

entre lo que digo y lo que pienso.

entre lo que digo y lo que pienso hay varios kilómetros de reflexión y unas cuantas curvas de improvisación. ésas me pillan siempre por sorpresa. 

las carreteras no son demasiado malas, pero algunos tramos necesitan urgente revisión. lo que digo y lo que pienso son dos ciudades vecinas del norte a las que viajo, por motivos vitales, todos los días del año. lo mejor del trayecto son los acantilados que se asoman tras el asfalto. 

lo que pienso es la ciudad donde nací. preciosa, sin duda. ha sufrido una transformación brutal en los últimos veintidós años. antes, era un espacio tan rural como inocente, en el que todos días eran festivos. ahora, hay un tráfico imposible a todas las horas puntas y durante algunos periodos del año, sólo es posible transitar en bicicleta. hay demasiada contaminación mediática y humana como para continuar vertiendo gases a ese gran proyecto a largo plazo llamado personalidad. allí están las personas más importantes de mi vida, las que me dejan o me dejaron huella. son los quiero tener siempre cerca, aunque sea para reírnos mientras tomamos unas cervezas en mi parque preferido: el de los recuerdos. 

lo que digo es la ciudad en la que trabajo. todos los días envío mi carta de presentación a alguno de sus ciudadanos, en busca de entendimiento. y a veces lo consigo. mi avenida favorita es la de la educación. ahí pasé los mejores años de mi infancia. pero también hay otras calles que frecuento a menudo: la del miedo es la peor de todas. suele haber mucho ruido pero por las noches, todo se queda en silencio. un silencio horrible que paraliza a todo el que se atreva a pasar por allí. está también la calle de la sinceridad. uf, a veces solo mirarla da vértigo, con todos esos grandes e importantes edificios observando. lo mejor de todo, es que al fondo está el mar. y las vistas, o el baño, según la estación o la compañía, desde luego que merecen la pena. la calle del arrepentimiento y la de la gratitud, son las bocacalles de la sinceridad. me gustan, ambas dos. me hacen sentirme más humana cada vez que paso por allí.  


entre lo que digo y lo que pienso hay mentiras y verdades, hay túneles, puentes y abismos sólo aptos para funambulistas con muchos años de experiencia. hay palabras prudentes y otras que podrían hacer volar por lo aires todo esto que nos rodea. hay ideas, sueños, historias y toda clase de pensamientos íntimos. y a medio camino entre lo que (te) digo y lo que (te) pienso, estoy yo. Y allí, estás tú, entre lo que (me) dices y lo que (me) piensas. ambos sentados en el mismo sofá, a la misma hora y el mismo día del calendario tratando de medir con tres decimales el significado de cada palabra, como si eso fuera posible. y qué putadas nos hacen los ojos a veces, ellos no, por fortuna, ellos no saben disimular.

viernes, 24 de junio de 2016

nosotros que fuimos.

Gente que se abraza, se saluda, se toca. Gente que se oye pero no se escucha. Dos vecinos coinciden después de años sin verse, una familia se aburre y busca algo ajeno que llame su atención. Dos parejas de la mano y un par de amigos bromean en la esquina.

Y entre tantos torbellinos sociales, falsedades y buenas palabras que esconden envidias envueltas, tú. Tú y yo. Separados por cuerpos de todo tipo a los que ninguno sabe poner nombre y difícilmente edad. Tú y yo. Alejados por apenas diez metros pero muchos años de distancia. Hoy empieza el verano y ya ves, hemos hecho que el puto ártico se alce entre nosotros. Ya sabes lo que dicen, quién no cuida lo que tiene acaba por perderlo. Y así estamos, sin brújula ni alarma que  nos de alguna pista de hacía dónde o en qué momento salir corriendo. 

Te miro y veo fuego, llamas capaces de quemar hectáreas forestales. Te miro y veo rabia, nosotros que tanto nos conocemos y jamás fuimos capaces de darnos una explicación. Te miro y veo miedo, tanto amor a prueba de balas que acabamos por salir a la calle siempre con chaleco, por si acaso. Te miro y veo años, meses, semanas. Te miro y te veo. Reconozco cada mínimo surco de tu frente, tus lunares, tus pecas y me sé hasta el nombre de tus pestañas. Te reconocería entre un millón. Pero lo jodido es que que estás ahí plantado, con esa sonrisa tuya de siempre y yo ya no sé ni quién coño eres.

de lo que el miedo se lleva

Yo que lo he visto y lo he sentido en primera persona, puedo hablar del mayor huracán que jamás ha pisado tierra: el miedo. El puto rey del carnaval, el ganador de todos los concursos de disfraces, siempre a punto para jodernos el siguiente paso, para desahuciarnos el mañana, creyéndose con derecho a nombrarse propietario.

Conozco miedos que me doblan en estatura y edad, que saben a quemado y viven bajo tierra. También sé de algunos irracionalmente cuerdos y otros que saben de carteras vacías y cabezas llenas. Palidecer en instantes no es un mito, enserio. He visto a valientes con escudos y chaleco antibalas, no vaya a ser que se les desgaste el adjetivo. Me presentaron a miedos que viven en pupilas, en gritos ahogados, en películas de ciencia ficción. No peores que alguno temores en kilos de más (o de menos), en famas frustradas, en migraciones sin sentido. Les he visto correr a la velocidad del viento, nadar entre temporales y volar junto a kamikazes.


No nos engañemos y aceptemos de una jodida vez, que esos hijos de puta vienen de serie, para ponernos a prueba, mente y cuerpo enfrentándose al examen más complicado de la carrera. Cuídate, (cuídalos) de ellos, pero sobretodo protege cada latido porque el peor miedo que existe es el que nos impide querer. Si alcanzan eso, entonces sí estamos perdidos.

domingo, 7 de febrero de 2016

Ay Andrés, no sabes lo que ha sido verte.



Anoche le abracé. Abracé a la voz de mis días. Al que me acompaña vaya donde vaya sin nunca estar presente. Y joder, fue precioso. Fue algo tan emocionante como un reencuentro entre amigos después de un montón de años sin verse. Y ni siquiera nos conocíamos.

Desde su primera vez en mis oídos entendí que la conexión no sería una historia de una noche. Descubrirle en plena adolescencia podría haber resultado una cóctel fatal entre hormonas revueltas y emociones rebeldes pero no, su voz y sus palabras siempre me salvan, me sacan a flote cuando se avecina naufragio. 

No sabría explicar lo que me sucede por dentro cada vez que le escucho en un directo. Es algo parecido a una batalla de arañazos y caricias al alma, no se me ocurre mejor forma de definirlo. Duele quema, y escuece a partes iguales, pero siempre, siempre alivia. A veces sucede que esa bomba de relojería estalla. La última estrofa parece haber ido a matar y los ojos se te empiezan a nublar, jodido Andrés, cómo sabes apuntar...

Otra de las cosas que adoro de sus conciertos, es esa atmósfera que se crea, esa especie de magia que sabes que durará hasta que se apague el último aplauso de la noche. Nos cantamos. Siempre, a susurros, o gritos, eso da igual. Pero es algo tan cómplice que parece imposible el número corazones que pueden llegar a latir en una misma sala. Cada vez que compro una entrada para escucharle, sé que en realidad "concierto" es sinónimo de festival de emociones. Pasen y vean, basta con encontrarte con unas cuantas miradas para saber que a cada persona le llega de una manera distinta pero absolutamente todas las almas allí presentes se encogen a la vez con cada acorde.

Lo que me pasa con Andrés es acojonante. ¿Cómo puedes sentir a una persona tan cerca sin ni siquiera haber cruzado palabra? Aún sigo dándole vueltas porque de veras que no me lo explico. Le tengo tan interiorizado que incluso le nombro en conversaciones cotidianas como si ayer hubiéramos quedado para tomar unas cañas y no, aún no me he vuelto loca.

Anoche volvió a una de las ciudades que le ha visto crecer. Fue un concierto algo distinto al que nos tiene acostumbrados, con banda y mucho más rock, pero desde luego no se olvidó de su esencia. Volvió con la chica de la que sólo se conoce su talla de pie, viajamos al sur, Sevilla, Cadiz y por supuesto apreciamos el flamenco con arte. Nos presentó a Marina y nos dejó asomarnos a su ventana (y el paisaje fue precioso, una de mis favoritas). Desde luego, nos hizo vibrar y juro que se me puso la piel de gallina al escuchar a tanta gente corear sus letras a la vez. Desde luego, has crecido muchísimo desde la última vez que nos vimos. No puedo olvidarme de la banda, la verdad es que cumplió todas las expectativas que tenía puestas en ellos. Mención especial para Marino, que como siempre estuvo espectacular violín, piano y voz casi a la vez, disipando los límites entre lo humano y lo divino.

No me queda mucho que decir más que gracias. Andrés, si alguna vez lees esto, cosa que dudo, gracias. Ya tuve la oportunidad de decírtelo anoche, pero llenas mis días, eres el acento que nunca me cansaré de escuchar, y tienes algo, no sé que es, que alcanza mucho más allá de la piel. Si me lo permites, seguiré creciendo contigo, por muchos años más.