domingo, 7 de febrero de 2016

Ay Andrés, no sabes lo que ha sido verte.



Anoche le abracé. Abracé a la voz de mis días. Al que me acompaña vaya donde vaya sin nunca estar presente. Y joder, fue precioso. Fue algo tan emocionante como un reencuentro entre amigos después de un montón de años sin verse. Y ni siquiera nos conocíamos.

Desde su primera vez en mis oídos entendí que la conexión no sería una historia de una noche. Descubrirle en plena adolescencia podría haber resultado una cóctel fatal entre hormonas revueltas y emociones rebeldes pero no, su voz y sus palabras siempre me salvan, me sacan a flote cuando se avecina naufragio. 

No sabría explicar lo que me sucede por dentro cada vez que le escucho en un directo. Es algo parecido a una batalla de arañazos y caricias al alma, no se me ocurre mejor forma de definirlo. Duele quema, y escuece a partes iguales, pero siempre, siempre alivia. A veces sucede que esa bomba de relojería estalla. La última estrofa parece haber ido a matar y los ojos se te empiezan a nublar, jodido Andrés, cómo sabes apuntar...

Otra de las cosas que adoro de sus conciertos, es esa atmósfera que se crea, esa especie de magia que sabes que durará hasta que se apague el último aplauso de la noche. Nos cantamos. Siempre, a susurros, o gritos, eso da igual. Pero es algo tan cómplice que parece imposible el número corazones que pueden llegar a latir en una misma sala. Cada vez que compro una entrada para escucharle, sé que en realidad "concierto" es sinónimo de festival de emociones. Pasen y vean, basta con encontrarte con unas cuantas miradas para saber que a cada persona le llega de una manera distinta pero absolutamente todas las almas allí presentes se encogen a la vez con cada acorde.

Lo que me pasa con Andrés es acojonante. ¿Cómo puedes sentir a una persona tan cerca sin ni siquiera haber cruzado palabra? Aún sigo dándole vueltas porque de veras que no me lo explico. Le tengo tan interiorizado que incluso le nombro en conversaciones cotidianas como si ayer hubiéramos quedado para tomar unas cañas y no, aún no me he vuelto loca.

Anoche volvió a una de las ciudades que le ha visto crecer. Fue un concierto algo distinto al que nos tiene acostumbrados, con banda y mucho más rock, pero desde luego no se olvidó de su esencia. Volvió con la chica de la que sólo se conoce su talla de pie, viajamos al sur, Sevilla, Cadiz y por supuesto apreciamos el flamenco con arte. Nos presentó a Marina y nos dejó asomarnos a su ventana (y el paisaje fue precioso, una de mis favoritas). Desde luego, nos hizo vibrar y juro que se me puso la piel de gallina al escuchar a tanta gente corear sus letras a la vez. Desde luego, has crecido muchísimo desde la última vez que nos vimos. No puedo olvidarme de la banda, la verdad es que cumplió todas las expectativas que tenía puestas en ellos. Mención especial para Marino, que como siempre estuvo espectacular violín, piano y voz casi a la vez, disipando los límites entre lo humano y lo divino.

No me queda mucho que decir más que gracias. Andrés, si alguna vez lees esto, cosa que dudo, gracias. Ya tuve la oportunidad de decírtelo anoche, pero llenas mis días, eres el acento que nunca me cansaré de escuchar, y tienes algo, no sé que es, que alcanza mucho más allá de la piel. Si me lo permites, seguiré creciendo contigo, por muchos años más.