lunes, 28 de mayo de 2018

Cuando entré por primera vez al centro en el que trabajo llevaba conmigo una maleta llena de miedos y algún que otro estigma social.
A medida que pasaban los días cambié la maleta por una mochila. Y la mochila por una bandolera. A día de hoy apenas me queda equipaje.
Un cuaderno para apuntar y poco más.

Le doy gracias a la vida por darme la oportunidad de estar donde estoy. De ver la vida con otras manos, escucharla con otros ojos y olerla a base de sabores. Y sobretodo por aprender a disfrutar de las cosas pequeñas. De los tiempos y las esperas. De las miradas sin palabras y los lanzamientos de pelota. A veces se nos olvida que es más importante jugar que ganar. 

Estoy experimentando una infinidad de sensaciones nuevas. Nadie me había abrazado cada mañana con la mejor de sus sonrisas como lo hace R. Tampoco nadie me había dicho antes tantas cosas sin palabras como lo hace A.   

Nos miro y veo que el mundo puede ser un lugar mejor. Que a pesar de todo lo malo que hay queda mucho amor en el mundo e infinidad de maneras de entregarlo. 

Quiero más de esto. De todo lo bueno. Quiero empaparme de esta alegría de vivir y llevarla conmigo cada día a donde quiera que me lleve el destino.