lunes, 15 de diciembre de 2014

¿Sabes ese olor que tienen las cosas que todavía están por desenvolver? Últimamente me he obsesionado con él, y no se me va de la cabeza.  

He empezado a descontar los días del calendario para que llegue el frío y el tren. Y mientras, escucho esa canción una y otra vez. Después viene tu acento, con el peso puesto detrás. Y se ríe el viento, a la vez que sopla un sonrojo inesperado. Que "lo imposible" sea solo el título de una película, y no de esta novela. Que la chispa no produzca cortocircuito sino es por razones de seguridad extrema. 

Y mientras tanto, tú te alejas, y yo más aún. "Vamos despacio porque vamos lejos" dijo acción poética un día. Y yo no puedo estar más de acuerdo. Espérame en el mismo sitio dónde me dejaste con el ron para dos. 

domingo, 16 de marzo de 2014

Para sonreír.

A mi amiga Ana

Tenemos alrededor de unas dos millones de razones para mandarlo todo a aquel sitio, dejar las cosas a medias, dormir y solo dormir día y noche, llorar y acabar cajas y cajas de pañuelos, alimentarnos a base de helados y chocolate, contemplar cómo caen las gotas por el cristal y un largo etcétera con todas esas cosas que acostumbra a hacer la gente cuando está triste. Y ¡ojo! que dos millones de razones son muchas y por supuesto todas estas alternativas son de lo más viables. Yo soy la primera que elige la canción más triste del reproductor para hundirme un poquito más en la mierda que aunque no lo parezca, siempre es posible.

Una vez me explicaron que la raza humana no está predeterminada genéticamente para ser feliz, y esa es una realidad con la que tendremos que convivir como se convive en este mundo con las ojeras de los lunes o las resacas de fin de exámenes.
Vivimos con zancadillas constantes del destino, y basta que nos acostumbremos a una situación permanente y aparentemente feliz para que se nos presenten en la puerta de casa una larga e interminable fila de imprevistos desagradable con cara de muermos, a los que nos vemos obligados a saludar cordialmente e invitarlos a tomar una incómoda taza de café.

Y esta señores, es la cruda realidad. Seguro que a nadie le suena ajeno todo esto porque se es anfitrión de este tipo de reuniones la mayor parte de los días de un calendario.
Por suerte (y para desgracia de los diabéticos) en los supermercados aún venden azúcar. Y es que no hay mejor manera de solucionar un café amargo que con dos, tres o cuatro cucharadas de azúcar. ¿Qué sería de nosotros sin él? (nótese los altos índices de persona golosa que hay en mí).
Bromas a parte, el azúcar no tiene porque ser blanco ni moreno. De hecho puede ser incoloro. Todo el mundo debería de llevar un sobrecito en el bolsillo, por si acaso.
El azúcar representa a todas esas situaciones, personas, animales e incluso cosas que se ponen delante de nuestras narices para salvarnos por un rato. Y es que una cucharada viene acompañada, unos padres flotador (los que siempre nos sacan a flote sea cual sea el problema), un buen libro que te traslade a otro tiempo por un ratito, dos o tres canciones que te ponen de buen humor, tu perro que viene a hacerte compañía mientras esperas que se haga la hora para quedar, unas cervezas acompañadas de rabas, el sol que ha salido hoy para saludarte solo a ti (bueno, y a otras tantas millones de personas que también tengan un día torcidillo, hay que repartir) y unos amigos que te esperan estés dónde estés para cambiarte la curva de la sonrisa con tonterías de siempre y abrazos como nunca.

Para ti de mi. Te quiero.

lunes, 17 de febrero de 2014

El viernes pasado fue San Valentín. No es que me entusiasme demasiado ese día ni lo que representa. A mi modo de ver el marketing y el consumismo se han apoderado de lo que realmente querría expresar, pero ocurrió algo que no cambiará el rumbo del mundo, pero me parece tan bonito por lo inocente y puro que lleva en ello, que no podría dejar de escribirlo.
 
Todo ocurrió en el colegio donde estoy haciendo mis prácticas. Como cada mañana yo estaba a punto de bajar al recreo, después de conseguir que todos mis alumnos salieran de la clase, cuando de repente escuché unos pasos a la carrera por el pasillo. Eran dos de mis alumnas. Primero me miraron sorprendidas. Las pregunté si se las había olvidado algo. Me respondieron que no y con cierto nerviosismo, una de ellas sacó una carta con un sobre rosa escrito con la mejor letra que la he visto a esa niña desde que llevo allí.
Me miraba con cierto aire de travesura cuando lo comprendí todo, y caí en la cuenta del día que era. La carta fue a parar a la mochila un chico de la clase, y una vez dentro me pidió por favor que no se lo contara a nadie. Obviamente no saldrá de mi boca ni su nombre ni el del chico, en cuestión.
 
Es bien sabido como son los niños con estos temas. Así que la mañana siguió con normalidad hasta que el chico descubrió la carta. Entre risas y bromas todos se preguntaban quién era el remitente. Dar clase se convirtió en misión imposible. La niña jugó a la técnica del despiste sin alzar la cabeza a su alrededor ni un solo segundo hasta que sonó la música que indicaba el final del día.
 
Hoy lunes el ambiente de desconcierto había cambiado radicalmente. El chico había leído la carta, y por tanto descubierto a la remitente misteriosa. Cosas de niños, ya se sabe, el chico decidió contárselo a dos o tres amigos que se fueron de la lengua e hicieron conocedores al resto de chicos y chicas de la clase. Cuando uno de ellos dijo el nombre de la remitente en voz alta las pupilas de la niña se dispararon involuntariamente, aunque nuevamente hizo el papel que hacen las actrices fingiendo que no se había enterado.
 
Y ahí va el hecho en cuestión que me ha (re)movido algo por dentro. Nuevamente llegó la hora del recreo. El chico siempre es el primero en salir de clase, el fútbol es su pasión y nunca puede desperdiciar un minuto del preciado patio a media mañana. Yo, de nuevo, me peleaba para conseguir que los más rezagados saliesen de clase cuando reparé en que él seguía allí, guardando las hojas tres veces y en mismo sitio. Cuando todos hubieron salido bromé con él por su tardanza hasta que nuevamente me sorprendí de sus intenciones. El niño esperaba a que todos hubiesen salido para contestar a la niña. Sacó de su mochila, de nuevo el sobre rosa con la contestación dentro, lo metió en la mochila de la niña y salió corriendo dejando allí mucho más que un papel decorado.
 
Muchos dicen que el amor es cosa de adultos, pero para mí el amor más bonito del mundo es el que se vive con 10 años, cuando se apuesta todo como en una partida de pócker sin que importe ninguna otra cosa en el mundo mas que esa partida.
 

viernes, 3 de enero de 2014


No tengo ni la más remota idea de dónde estás en este momento. Aunque tampoco lo supe ayer y probablemente mañana también lo desconozca. Poco a poco me estoy olvidando de tu voz y del sonido de tu risa. Aunque espero que sigas riendo, tanto como lo hacías antes. Que estés bien y que te cuiden como un día quise hacerlo yo.

Nos hicimos daño. Dejémoslo en plural. Siempre quise pensar que juntos éramos demasiado tóxicos. Nos infectábamos mutuamente. Tal vez todo lo que un día sentí por ti se transformó en dióxido de carbono, imposible de inspirar. Pero solo tal vez… No sé.

Ahora nuestros caminos han elegido distintas direcciones y cada día que pasa estoy más segura de que seguí la flecha adecuada. No sé cuánto tiempo se puede vivir a la sombra de alguien. Ni tampoco entiendo cómo se puede querer a dos mujeres a la vez. Pero lo que sí sé con absoluta certeza es que, sea como sea, la distancia es la mejor medicina para curar heridas.

No te guardo rencor ni te borraré mis recuerdos. Nunca fue mi fuerte desprenderme de todo aquello que haya causado un mínimo impacto en mi vida, y tú sin duda, colisionaste en lo más profundo de mis entrañas. Pero es invierno, y ya sabes que siempre fui una fan del viento. Y ahora me invita a bailar. Sabes que nunca rechazaría tal oferta.