martes, 3 de diciembre de 2013


Hoy quiero escribir a la memoria y echar a patadas al olvido. Para él un único y claro mensaje: Márchate y no vuelvas, no dejes huellas que no son bien recibidas y aléjate de una puta vez bien lejos, que aquí no pintas nada (ni si quiera de gris, no te esfuerces).
Pero no quiero malgastar ni una letra más, hablemos de lo que realmente importa, de recuerdos que encogen el corazón, de esos que lo paralizan durante segundos y luego bombean tanta sangre por minuto que el infarto es la solución prematura más sensata que se nos viene a la cabeza.

Señores, les hablo de la adrenalina pura que puede sentir una niña de dos años al tocar el cielo sentada en un columpio. Seguramente todos hayan vivido una sensación parecida a lo largo de su vida y son capaces de asegurar que al menos por milésimas de segundo le vieron la cara a la libertad.
Si es así, felicidades. Son ustedes unos afortunados de verdad.

Hoy quiero hablarles de la persona que hizo posible esto. La que día tras día se colocaba detrás de mi para darme el impulso necesario para que fuera todo lo feliz que una niña puede llegar a ser.
Hoy mi memoria tiene una imagen fija en todos los canales. Alguien tan importante que no puede pasar desapercibido de ningún modo.
La persona que me dió alas, que me enseñó el cielo (y me cuida desde él). Quién corrió detrás de mis primeros pasos a donde quiera que mi inexperta cabeza decidiera ir, y me contaba historias hasta que el sueño se apoderaba de mis parpados.
Su voz ronca, el olor a periódico, la tos que siempre llegaba en el momento más interesante de la película, el tiempo (y el frío por supuesto), la paga de los domingos, el "mostito" de antes de comer y los tres besos de antes de dormir.

El era todo eso. Lo que más rabia me da es no ser capaz de poner palabras a todo lo demás, etiquetas que se me quedan pequeñas.
¿Qué voy a decir de mi abuelo? aunque para mi siempre será "aitite". Era el mejor y le quiero y querré infinitamente.

Los recuerdos muchas veces son una gran putada, para qué negarlo, pero a veces nos devuelven, nos lanzan como si fueran balones, momentos cuyo sello es digno de ser colocado en la estantería de premios. Todos ellos juntos son y serán siempre lo más preciado que tenemos porque si no estuvieran exactamente donde están hoy no estaría escribiendo estas líneas.

Buenas noches.
xxx

No hay comentarios:

Publicar un comentario