lunes, 17 de febrero de 2014

El viernes pasado fue San Valentín. No es que me entusiasme demasiado ese día ni lo que representa. A mi modo de ver el marketing y el consumismo se han apoderado de lo que realmente querría expresar, pero ocurrió algo que no cambiará el rumbo del mundo, pero me parece tan bonito por lo inocente y puro que lleva en ello, que no podría dejar de escribirlo.
 
Todo ocurrió en el colegio donde estoy haciendo mis prácticas. Como cada mañana yo estaba a punto de bajar al recreo, después de conseguir que todos mis alumnos salieran de la clase, cuando de repente escuché unos pasos a la carrera por el pasillo. Eran dos de mis alumnas. Primero me miraron sorprendidas. Las pregunté si se las había olvidado algo. Me respondieron que no y con cierto nerviosismo, una de ellas sacó una carta con un sobre rosa escrito con la mejor letra que la he visto a esa niña desde que llevo allí.
Me miraba con cierto aire de travesura cuando lo comprendí todo, y caí en la cuenta del día que era. La carta fue a parar a la mochila un chico de la clase, y una vez dentro me pidió por favor que no se lo contara a nadie. Obviamente no saldrá de mi boca ni su nombre ni el del chico, en cuestión.
 
Es bien sabido como son los niños con estos temas. Así que la mañana siguió con normalidad hasta que el chico descubrió la carta. Entre risas y bromas todos se preguntaban quién era el remitente. Dar clase se convirtió en misión imposible. La niña jugó a la técnica del despiste sin alzar la cabeza a su alrededor ni un solo segundo hasta que sonó la música que indicaba el final del día.
 
Hoy lunes el ambiente de desconcierto había cambiado radicalmente. El chico había leído la carta, y por tanto descubierto a la remitente misteriosa. Cosas de niños, ya se sabe, el chico decidió contárselo a dos o tres amigos que se fueron de la lengua e hicieron conocedores al resto de chicos y chicas de la clase. Cuando uno de ellos dijo el nombre de la remitente en voz alta las pupilas de la niña se dispararon involuntariamente, aunque nuevamente hizo el papel que hacen las actrices fingiendo que no se había enterado.
 
Y ahí va el hecho en cuestión que me ha (re)movido algo por dentro. Nuevamente llegó la hora del recreo. El chico siempre es el primero en salir de clase, el fútbol es su pasión y nunca puede desperdiciar un minuto del preciado patio a media mañana. Yo, de nuevo, me peleaba para conseguir que los más rezagados saliesen de clase cuando reparé en que él seguía allí, guardando las hojas tres veces y en mismo sitio. Cuando todos hubieron salido bromé con él por su tardanza hasta que nuevamente me sorprendí de sus intenciones. El niño esperaba a que todos hubiesen salido para contestar a la niña. Sacó de su mochila, de nuevo el sobre rosa con la contestación dentro, lo metió en la mochila de la niña y salió corriendo dejando allí mucho más que un papel decorado.
 
Muchos dicen que el amor es cosa de adultos, pero para mí el amor más bonito del mundo es el que se vive con 10 años, cuando se apuesta todo como en una partida de pócker sin que importe ninguna otra cosa en el mundo mas que esa partida.
 

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