entre lo que digo y lo que pienso hay varios kilómetros de reflexión y unas cuantas curvas de improvisación. ésas me pillan siempre por sorpresa.
las carreteras no son demasiado malas, pero algunos tramos necesitan urgente revisión. lo que digo y lo que pienso son dos ciudades vecinas del norte a las que viajo, por motivos vitales, todos los días del año. lo mejor del trayecto son los acantilados que se asoman tras el asfalto.
las carreteras no son demasiado malas, pero algunos tramos necesitan urgente revisión. lo que digo y lo que pienso son dos ciudades vecinas del norte a las que viajo, por motivos vitales, todos los días del año. lo mejor del trayecto son los acantilados que se asoman tras el asfalto.
lo que pienso es la ciudad donde nací. preciosa, sin duda. ha sufrido una transformación brutal en los últimos veintidós años. antes, era un espacio tan rural como inocente, en el que todos días eran festivos. ahora, hay un tráfico imposible a todas las horas puntas y durante algunos periodos del año, sólo es posible transitar en bicicleta. hay demasiada contaminación mediática y humana como para continuar vertiendo gases a ese gran proyecto a largo plazo llamado personalidad. allí están las personas más importantes de mi vida, las que me dejan o me dejaron huella. son los quiero tener siempre cerca, aunque sea para reírnos mientras tomamos unas cervezas en mi parque preferido: el de los recuerdos.
lo que digo es la ciudad en la que trabajo. todos los días envío mi carta de presentación a alguno de sus ciudadanos, en busca de entendimiento. y a veces lo consigo. mi avenida favorita es la de la educación. ahí pasé los mejores años de mi infancia. pero también hay otras calles que frecuento a menudo: la del miedo es la peor de todas. suele haber mucho ruido pero por las noches, todo se queda en silencio. un silencio horrible que paraliza a todo el que se atreva a pasar por allí. está también la calle de la sinceridad. uf, a veces solo mirarla da vértigo, con todos esos grandes e importantes edificios observando. lo mejor de todo, es que al fondo está el mar. y las vistas, o el baño, según la estación o la compañía, desde luego que merecen la pena. la calle del arrepentimiento y la de la gratitud, son las bocacalles de la sinceridad. me gustan, ambas dos. me hacen sentirme más humana cada vez que paso por allí.
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